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Las alabanzas en la escuela, ¿mejor en público o en privado?

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Tanto a nivel de educación en casa como a nivel escolar, alabar los buenos gestos, los logros o los avances de los niños les puede ayudar a seguir adelante, ya que en cierto modo les sirve de refuerzo a lo que están haciendo.

Es muy habitual que tanto las reprimendas como los elogios en la escuela se den de manera pública, con toda la clase observando, y utilizando el mensaje para que el resto de alumnos lo escuchen y ven hacia dónde aspirar, o hacia dónde no. Hay quien duda de la efectividad de este método y sugiere que se comuniquen de manera privada a los alumnos, porque puede suceder que un niño que es felicitado en público pueda luego sufrir las consecuencias de sus compañeros. Ante la duda, vamos a intentar de responder a la pregunta: las alabanzas en la escuela, ¿mejor en público o en privado?

Parece ser que es indiferente

Leemos en Research Digest, un blog de la British Psychological Society, que se ha realizado el primer estudio que trata de diferenciar qué es mejor, si felicitar a los niños en público o hacerlo en privado, y parece que los investigadores han llegado a la conclusión de que da igual, que es indiferente hacerlo de uno u otro modo. Yo tengo mi propia opinión al respecto, pero os la diré al final.

El estudio se hizo en escuelas públicas, con alumnos de secundaria (de 14 a 16 años). Las cuatro clases estudiadas estaban formadas por niños de ambos sexos, siendo clases de entre 16 y 25 alumnos, con niños americanos y afroamericanos. En tres de las clases se estaba enseñando inglés, mientras que en otra álgebra. A los maestros se les explicó cómo elogiar a los niños: la alabanza debía ir ligada a la buena conducta, debía ser inmediata y debía quedar claro a qué alumno se dirigía. Durante la clase, los maestros tenían un avisador en el cinturón que, cada dos minutos, les daba la señal para felicitar a alguno de sus alumnos. En algunas ocasiones lo hacían de manera pública, en voz alta, y en otras de manera privada, con un susurro en el oído o una palmada en el hombro. Para comparar, hubo clases en las que los maestros no debían hacer nada especial, sino simplemente dar la clase como lo hacían habitualmente.

La evaluación la realizaron observadores entrenados que permanecieron 20 minutos en cada clase, analizando el comportamiento y reacciones de los alumnos en las diferentes condiciones. Vieron que los elogios sirvieron para que aumentara en un 31% la atención hacia el profesor y el interés en la lectura. La mejora no varió de manera significativa si la alabanza era pública o privada. Vieron también que cuando los elogios de cualquier tipo eran frecuentes se reducía el mal comportamiento en un 20%.

Los autores concluyeron que ambos tipos de alabanza eran herramientas eficaces y las recomendaban en la enseñanza secundaria.

¿Y a nivel social?

Tengo la impresión de que se han dejado lo más importante, lo que sucede fuera del aula. Una cosa es lo que se ve en clase, el comportamiento secundario a una alabanza pública o privada, que puede servir de motivación a un alumno o como empujoncito para decirle que “vas en el buen camino” y otra es lo que puede suceder después a nivel social. Cuando yo iba al colegio recuerdo que había dos o tres niñas, las que recibían el apelativo de “empollonas” por sacar buenas notas, que sin ser especialmente pedantes, pues no lo eran, acababan recibiendo el odio y las burlas de los demás. De los menos capaces se reían muchos por desastre, y de lo más capaces, por brillantes. Fiel reflejo de la sociedad adulta, los niños se comportaban como elementos destructores de lo diferente que trataban de eliminar todo lo que estuviera por debajo o por encima de los considerados “niños del montón”.

Y cuando los profesores decidían realizar una alabanza pública, ni te cuento: “No tenéis futuro, jamás he visto una clase como esta, no llegaréis a nada… más os valdría fijaros más en Fulanita y Menganita, que nunca tienen malas palabras y son alumnas excelentes”. Todas las miradas se dirigían a Fulanita y Menganita, odiadas y repudiadas por ser tan perfectas. Y como digo, la gente mediocre no trata de ser mejor ni es capaz de valorar la excelencia de los brillantes, sólo trata de acabar mediante la crítica con esa excelencia para, haciéndoles caer, aproximarlos a su nivel.

Vamos, que las alabanzas en público pueden ser positivas, pero según el contexto pueden ser terriblemente negativas, porque el resto del grupo, muchas veces cruel, puede expulsar a esas personas por considerarlas raras o incluso traidoras (al ser tan buenas, los demás parecemos más malos).

De igual modo, la reprimenda en público o en privado debe ser valorada, pues es terriblemente humillante que te corrijan delante de los demás, delante de los que pretendes ser aceptado. ¿Conocéis a algún adulto que, trabajando, prefiera que su jefe le diga lo que hace mal delante de los demás trabajadores? Porque yo no conozco a nadie así. Y si hay algún jefe que lo hace de esa manera, seguro que los afectados le dirán que “me parece muy bien que me diga lo que no hago bien para poder mejorar en mis funciones, pero por favor, dígamelo a mí de manera privada y no delante de los demás”.

Es habitual, en cambio, echar broncas a los niños delante de los demás. Yo, de hecho, lo he hecho en más de una ocasión como padre, precisamente porque es habitual, porque nos cuesta ver que esto, que se ha hecho siempre, es irrespetuoso para con los niños. Estoy trabajando en ello y siempre trato de no hacerlo. El problema es que muchas veces el “público” se ve afectado por lo que está haciendo mi hijo (si se está peleando con otro niño) y a veces es difícil no soltar toda la verborrea in situ y guardarla para un ratito después.

A lo que iba, decir en público a un niño lo que hace mal puede ser también negativo, peor que si se lo decimos en privado, precisamente porque muchas veces los niños ni siquiera saben que están obrando mal, o que podrían hacer las cosas mejor y por la humillación que puede suponer y lo irrespetuoso que es por nuestra parte. Pero esto también es matizable. Si habéis visto el magnífico documental del profesor Toshiro Kanamori “Pensando en los demás“, en un momento de la clase el profesor decide incriminar a un niño de manera pública su comportamiento. Los compañeros reaccionan y dan también su opinión, creándose de un conflicto un marco de soluciones y vías de crecimiento.

La diferencia, supongo, es que lo que vemos en dicho documental es un clima de comunicación y confianza entre niños y profesor algo alejado de lo que estamos acostumbrados a ver, y la relación entre los niños parece tan sólida que reprobar algo a un niño de manera pública no parece suficiente como para mermar su autoestima o perjudicar en su relación con los demás. Vamos, que al final todo depende un poco de la situación, del niño, de cómo se relaciona con los demás y de cuál es la relación del adulto con todos los niños o alumnos.

Cuidado con los elogios y los premios

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Hablé de ello hace ya 5 años: los premios y las recompensas pueden ser tan perjudiciales como los castigos. Di ese titular y me quedé tan ancho, básicamente porque los premios son primos-hermanos de los castigos, al tener como resultado alejar al niño de la motivación real.

Un premio desmesurado, un elogio exagerado o la suma de muchos pequeños elogios y felicitaciones pueden hacer al niño dependiente de ellos. Seguro que muchos conocéis a niños que se pasan el rato diciendo “mira papá, lo que hago”, a la espera de nuestro “¡muy bien!”. Es normal que nos quieran enseñar sus logros, ojo, pero puede no serlo si es algo continuo y si cada pequeño avance debe recibir nuestra aprobación. Básicamente porque ya no harán las cosas para satisfacerse a sí mismos con sus éxitos, sino para satisfacernos a nosotros.

Pues bien, en el aula sucede lo mismo, los alumnos no pueden vivir pendientes de los elogios. No pueden tratar de hacer las cosas para agradar al profesor, con ese fin, porque la motivación no es intrínseca del niño, sino totalmente extrínseca, esclava de las felicitaciones. Por eso las alabanzas de los adultos deben ser ofrecidas a los niños con mucha cautela. Está muy bien que valoremos el esfuerzo, que sepan que nos importa y nos gusta ver cómo se aplican para hacer las cosas, que sepan que les damos ánimo para seguir adelante, pero debemos tener cuidado de no lograr que caigan en la necesidad de nuestra aprobación continua. Dicho de otro modo, ellos deben tener la motivación para lograr las cosas, y nosotros solo les tenemos que dar, si consideramos oportuno, un “vas bien, sigue así”. Si logramos que la motivación final sea nuestro “enhorabuena, lo has conseguido”, nos hemos equivocado, porque el premio no debe ser nuestro juicio, sino su logro.

Fotos | Thinkstock | Fuente: http://www.bebesymas.com

Acerca de JoluB

JoluB
Propietario de BlueScire Blog, Ingeniero Electrónico, Diseñador Gráfico, Astrónomo Aficionado, amante del Mundo Digital y sobre todo Campusero.

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